martes, 21 de septiembre de 2010

DESPUES DE LA CAIDA... EL ARREPENTIMIENTO

Lectura: Salmo 51:1-12.

    Ten compasión de mí, oh Dios,
conforme a tu gran amor;
conforme a tu inmensa bondad,
borra mis transgresiones.
 Lávame de toda mi maldad
y límpiame de mi pecado.
 Yo reconozco mis transgresiones;
siempre tengo presente mi pecado.
Contra ti he pecado, sólo contra ti,
y he hecho lo que es malo ante tus ojos;
por eso, tu sentencia es justa,
y tu juicio, irreprochable.
 Yo sé que soy malo de nacimiento;
pecador me concibió mi madre.
Yo sé que tú amas la verdad en lo íntimo;
en lo secreto me has enseñado sabiduría.
Purifícame con hisopo, y quedaré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame gozo y alegría;
infunde gozo en estos huesos que has quebrantado.
Aparta tu rostro de mis pecados
y borra toda mi maldad.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me alejes de tu presencia
ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación;
que un espíritu obediente me sostenga.


A una de las ancianas de una iglesia, no le gustaba cómo oraba su pastor, cada domingo por la mañana, así que se lo dijo. Le molestaba que, antes de predicar, Le confesara a Dios que había pecado la semana anterior, pues ella imaginaba que su pastor era un pecador más. «Pastor —le dijo—, no me gusta pensar que mi pastor peca o que esta en pecado».

Nos gustaría creer que nuestros líderes espirituales no pecan, pero la realidad nos dice que ningún cristiano está exento de las cargas de la naturaleza pecaminosa y mucho menos de las garras afiladas del enemigo que manifiesta que "esta como león rugiente, buscando a quien devorar". Pablo les dijo a los creyentes en Colosas: «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5). El problema es que algunas veces no lo hacemos. Cedemos a la tentación y quedamos hechos un lío. Pero no quedamos desamparados. Tenemos un patrón a seguir para la restauración, restauración que Dios nos dio, por medio del sacrificio de su único hijo, en la Cruz del calvario.

Además, éste patrón proviene del corazón y la humilde pluma del rey David, bajo la inspiración de Dios y la experiencia de haberlo pasado en carne propia. Este pecado nos demuestra las tristes consecuencias de sucumbir ante la tentación. Lee cuidadosamente el Salmo 51, cuando David reconoció su pecado. Primero, se lanzó a los pies de Dios, suplicando misericordia, reconociendo su pecado y confiando en el juicio de Dios (vv.1-6). Luego, buscó purificación de parte de Aquel que perdona y hace «borrón y cuenta nueva» (vv.7-9). Finalmente, David pidió restauración con la ayuda del Espíritu Santo (vv.10-12).

¿Está el pecado robándote el gozo e impidiendo tu comunión con el Señor? Al igual que David, entrégaselo a Dios. El acto DEL GRAN SACRIFICIO DE CRISTO EN LA CRUZ, nos da entrada al Padre a poder reconciliarnos con EL, no importa el pecado cometido, solo importa un corazon arrepentido genuinamente; Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro. Hebreos 4:16. Y aún nos manifiesta que "Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado" Hebreos 4:14-15
Haste esta pregunta: ¿Está el pecado robándote el gozo e impidiendo tu comunión con el Señor, al igual que David?, entrégaselo a Dios hoy mismo pues la biblia manifiesta que "Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad" 1 Juan 1:9. Ya que "Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros" 1 Juan 1:10




Reflexión: El arrepentimiento despeja el camino para que andemos con Dios y lo adoremos conforme a su proposito.

lunes, 20 de septiembre de 2010

SACERDOTES DE DIOS

Los que creen en Cristo han sido limpiados de sus pecados y han sido hechos hijos de Dios por medio de la fe en Jesús.

En el Nuevo Testamento son considerados en conjunto como un sacerdocio santo, como un pueblo santo y una nacion santa. ¿Sabemos lo que significa ser sacerdotes ante Dios?

La Palabra de Dios nos muestra el sacerdocio del creyente desde dos puntos de vista:

      1) Seres humanos, perdidos en otros tiempos, ahora se hallan ante Dios como sacerdotes, y juntos le ofrecen “sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5). En la presencia del Dios santo podemos hablar de Cristo y de su obra en la cruz. Traemos a Dios nuestras ofrendas espirituales, es decir, nuestra adoración a través de cánticos, oraciones, agradecimientos y la lectura de pasajes de la Escritura que hablan del Señor y de su sacrificio.

       2) Los hijos de Dios, es decir, aquellos que forman la familia de Dios en la tierra, se presentan juntos ante Dios Padre. Tienen un tema en común: el Hijo de Dios, en quien el Padre tiene complacencia y gozo, y el que también tiene un inmenso valor para ellos. Pablo escribió a los efesios: “Por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18).

Así, pues, personas salvadas, de muy diferente procedencia, han sido unidas en un cuerpo y se presentan juntos ante el Padre para tener comunión con él mediante su Hijo. La Biblia dice: "Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido"

Como representantes del pueblo de Dios en la tierra, nuestra responsabilidad es, predicar el Evangelio de CRISTO JESUS a toda criatura, para que sean salvos, por que "Esto es bueno y agradable a Dios nuestro Salvador, pues él quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad" ! Timoteo 2:3